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PRIVACIDAD EN LA ERA DIGITAL Y PELIGROS QUE LA ACECHAN

Dr. José Luis Tamayo Rodríguez

Dr. José Luis Tamayo Rodríguez

Abogado venezolano egresado de la Universidad Central de Venezuela en 1981. Doctor en Derecho y profesor de pregrado y postgrado de Derecho penal y procesal penal en la misma Universidad. Exjuez asociado en los Tribunales penales, de primera y segunda instancia, en Caracas. Abogado litigante con cuarenta años de experiencia. Autor de nueve libros. Ponente y expositor en más de cien conferencias a nivel nacional e internacional. Acreedor de numerosos reconocimientos por su actividad académica y profesional

Dr. José Luis Tamayo Rodríguez

Dr. José Luis Tamayo Rodríguez

Abogado venezolano egresado de la Universidad Central de Venezuela en 1981. Doctor en Derecho y profesor de pregrado y postgrado de Derecho penal y procesal penal en la misma Universidad. Exjuez asociado en los Tribunales penales, de primera y segunda instancia, en Caracas. Abogado litigante con cuarenta años de experiencia. Autor de nueve libros. Ponente y expositor en más de cien conferencias a nivel nacional e internacional. Acreedor de numerosos reconocimientos por su actividad académica y profesional

En la actual era digital, la mayor parte de nuestra vida personal, social, laboral, profesional, cultural y económica se desarrolla a través de la internet, donde interactúan a diario millones de usuarios y usuarias. Hoy por hoy, las conductas humanas habituales o comunes y corrientes del mundo tradicional han migrado hacia el mundo digital, lo que impone su regulación legal. Podemos hablar entonces de una conducta humana cibernética, que vive, mora, se desarrolla y desenvuelve en la sociedad digital o espacio cibernético, que ha sido definido como “el espacio físico imaginario, pero real en muchos aspectos, donde se producen los encuentros y la comunicación entre las usuarias y los usuarios de internet o de las redes informáticas” [1], comúnmente denominados internautas.

Surge así el Derecho Digital, que por una parte, tiene por objeto establecer  normas y principios jurídicos para regular, controlar, cuidar y velar por el correcto uso y funcionamiento de las TICS’s en el espacio cibernético, no sólo por parte de los proveedores de servicios de internet, los motores de búsqueda y demás compañías tecnológicas relacionadas, sino también por parte de los internautas; y, por la otra, proteger los derechos humanos de las personas que navegan por la red y evitar el empleo indebido o inescrupuloso de las TIC’s, bajo amenaza de sanción punitiva, corporal o pecuniaria, que encuentra su máxima expresión en los delitos informáticos.

En razón de tales normas y principios jurídicos, emergen los ciberderechos o derechos digitales, que no son más que una extensión de los derechos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) aplicados al mundo online [2]. Es decir, constituyen la prolongación de los derechos civiles de los ciudadanos trasladados al mundo digital [3]. Entre estos podemos citar, en primer lugar, al que es considerado por algunos el precursor de tales derechos, es decir, el derecho a la protección de los datos personales, a partir de cuyo reconocimiento e importancia han derivado otros, como por ejemplo, el derecho a la privacidad en línea (privacy online), el derecho al olvido en las búsquedas en Internet y servicios de redes sociales y el derecho a la protección de la intimidad en el ámbito laboral, por solo mencionar algunos. 

Por datos personales, en sentido amplio, se entiende a toda información sobre una persona natural que la identifica o la hace identificable a través de medios que pueden ser razonablemente utilizados. Los de carácter “sensible” son aquellos constituidos por los datos biométricos que por sí mismos pueden identificar al titular, los datos referidos al origen racial y étnico, los ingresos económicos, opiniones o convicciones políticas, religiosas, filosóficas o morales, la afiliación sindical y la información relacionada con la salud o a la vida sexual.

El derecho a la protección de los datos personales está vinculado estrechamente a la privacidad e intimidad, que aunque son términos que se utilizan a manera de sinónimos, esto, en puridad, no es del todo preciso. En efecto, la privacidad consiste en el conjunto de circunstancias y datos de la vida de una persona que se aleja del conocimiento del resto de los individuos, salvo que exista un expreso deseo de la persona afectada por poner de manifiesto tales datos;  en tanto que la intimidad, que  es aquella esfera de la vida de la persona que, inclusive, permanece fuera del conocimiento de quienes conforman su propio entorno familiar. Lo íntimo es lo más privado del ser humano.

Ahora bien, toda persona tiene la posibilidad de excluir a un tercero del conocimiento de determinadas áreas de su vida que desee sobre la base del principio de autodeterminación informativa, que consiste en el derecho de los internautas a proteger sus datos personales cuando navegan en la red de internet y decidir cuáles están excluidos o no del conocimiento de los demás, con la potestad de evitar que otros accedan a tales datos sin su consentimiento. Es una derivación del derecho a la privacidad o intimidad, secreto de las comunicaciones, dignidad humana y propia imagen, que permite a los cibernautas controlar la obtención, tenencia, tratamiento y transmisión de sus datos personales, independientemente de si su contenido es o no privado o íntimo; y tiene por objeto  proteger y controlar la información personal de carácter privado o íntimo, secreto o confidencial, o cualquier otro tipo de dato personal, conforme el interés del titular de los datos, salvo disposiciones legales. 

De todo lo anterior aflora el concepto de privacidad digital, que puede ser definida como el derecho de los usuarios a proteger sus datos personales cuando navegan en la red de internet y decidir cuáles están excluidos o no del conocimiento de los demás, sobre la base del citado principio de autodeterminación informativa. 

Es de tal magnitud la  cantidad de información que generamos sobre nosotros mismos cuando navegamos por la red,  que es posible trazar fácilmente  perfiles muy bien definidos  sobre nuestra personalidad, gustos, preferencias, problemas personales, hobbies, vicios, tendencias sexuales, etc. 

Nuestros datos personales y de navegación constituyen valiosa moneda de intercambio entre empresas de diferente índole, lícitas e ilícitas. Desconocemos qué datos estamos dejando en el mundo digital, quiénes pueden tener acceso a ellos y qué permitimos que hagan con ellos. 

Con un simple clic, aceptamos automáticamente y sin ningún reparo, las cookies de las páginas web que nos son solicitadas generalmente como requisito para poder ingresar en ellas, lo que permite a sus propietarios o patrocinadores almacenar y recuperar información sobre los hábitos de navegación de los usuarios o de sus equipos, sin percatarnos que si bien esa información suele ser utilizada para fines lícitos, como el marketing digital, también se puede utilizar para obtener de manera fraudulenta información confidencial o reservada del internauta (phishing) o para suplantar su identidad y obtener un provecho injusto, generalmente de tipo económico, y/o cometer en su contra determinados delitos; o también “inocular” en nuestras computadoras, celulares y demás dispositivos electrónicos virus y troyanos, que son programas que tienen como finalidad acceder a información privada o reservada, inutilizar el sistema operativo, borrar datos o “secuestrarlos” (ransomware).

También solemos firmar y aceptar, sin leer ni una sola cláusula, los términos y condiciones de los contratos digitales. Ejemplo paradigmático de ello lo encontramos en el caso de la empresa de videojuegos Game Station, que en el año 2010 se quedó con el “alma inmortal” de 7500 suscriptores que compraron sus productos a través de su página web, al estos haber aceptado, con un simple clic, los términos y condiciones de la compra, que incluían la siguiente cláusula: 

  • “Al hacer una orden a través de nuestro sitio web a partir del primer día del 4º mes de 2010, el usuario nos da la opción no transferible de reclamar ahora y para siempre, su alma inmortal […]  Si no estás de acuerdo porque A) no crees que tengas un alma inmortal, B) Se la diste a algún tercero o C) no quieres darnos esa licencia, da click en el enlace proporcionado para cancelar la transferencia”.

Lo anterior, que si bien obedeció a una broma o chanza de la empresa de videojuegos y resulta hasta gracioso, puede generar graves consecuencias, sobre todo de tipo económico, para quienes aceptan “cándidamente” los términos y condiciones de un broker digital (empresa que aporta una plataforma para operar con los mercados y bolsas a través de la internet) para que los internautas realicen operaciones de trading, es decir,  compra y venta de valores (divisas, títulos valores, criptomonedas, etc.). 

Los siguientes “Términos y Condiciones” los hemos tomado de un broker digital, acusado actualmente de haber estafado millones de dólares a cientos de miles de usuarios, quienes, al reclamarle la pérdida total de su inversión en un “abrir y cerrar de ojos”, simplemente les recordaron –para librarse de responsabilidad–  que ellos habían aceptado voluntariamente los Términos y Condiciones de la compañía. 

  • Usted acepta usar las plataformas por su cuenta y riesgo.
  • Los Servicios proporcionados en estas plataformas son adecuados únicamente para aquellos clientes que sean capaces de soportar la pérdida de todo el dinero invertido y para quienes comprendan los riesgos de estos servicios y tengan la suficiente experiencia como para asumir el riesgo que implican los mercados financieros.
  • Existe la posibilidad de que deba afrontar la pérdida de parte o de la totalidad de su inversión inicial y, por lo tanto, no debe invertir una cantidad de dinero que no pueda permitirse perder. 
  •  El Cliente no debe entrar en operaciones de CFD y de Forex, a menos que esté dispuesto a asumir los riesgos de perder por completo todo el dinero que haya invertido.

De allí que debemos ser sumamente cuidadosos y cautelosos a la hora de suministrar nuestros datos personales y de aceptar las “cookies” y los términos y condiciones de determinadas páginas web. 

En la última década del siglo pasado, distintos países del mundo, con los de Europa a la cabeza, comenzaron a dictar leyes destinadas a la protección de los datos personales de los internautas  y en el año 2016, se dictó el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), que rige actualmente para toda la Unión Europea, y que ha servido de modelo para la mayoría de las legislaciones dictadas por cada país a nivel mundial. 

En diversos  países latinoamericanos, desde el año 1999,  se han venido dictando leyes para la protección de datos personales, entre los que destacan Chile, Argentina, Paraguay,  Colombia, Uruguay y  México.  Todas esas leyes establecen similar normativa en procura de garantizar la privacidad digital de las personas que navegan por la red (internautas), consagrando similares principios.

Por lo que respecta a Venezuela, no contamos en la actualidad con una ley que proteja expresamente los datos personales en el ciberespacio, lo que nos obliga a ser todavía más cuidadosos con estos a la hora de navegar por la red, toda vez que  la falta de regulación legal se erige como un grave peligro para la efectiva protección de los datos personales de los internautas.

Tenemos una mora de más de 20 años respecto a lo consagrado por el único aparte del  artículo 60 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, conforme al cual: “La ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y ciudadanas y el pleno ejercicio de sus derechos”. 

A manera de corolario de todo lo anterior, podemos puntualizar lo siguiente: 

  • La privacidad digital depende, en principio, de lo que decida cada usuario y, conforme a su libre albedrío, compartirá aquello que desea visibilizar en internet haciéndolo o no público, esto es, desprovisto de cualquier confidencialidad o secreto. 
  • La tendencia creciente es renunciar  de manera voluntaria, por acción o por omisión, consciente o inconscientemente, al derecho a  la privacidad digital, total o parcialmente.
  • Las redes sociales en general,  al igual que los prestadores de servicios de internet, cuentan con políticas y avisos de privacidad  para los usuarios y brindan mecanismos para configurar el tipo de privacidad deseada. 
  • Somos nosotros mismos los llamados a desempeñarnos con cautela y responsabilidad en el mundo online, y proteger nuestra privacidad digital de los peligros que la acechan. 

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

[1] https://www.wordmagicsoft.com/diccionario/es-en/espacio%20cibern%E9tico.php#:~:text=Definir%20significado%20de%20%22espacio%20cibern%C3%A9tico,o%20de%20las%20redes%20inform%C3%A1ticas.

[2] https://www.iberdrola.com/innovacion/que-son-derechos-digitales

[3] https://www.ttcs.es/noticias/noticias-nacionales/ley-organica-de-proteccion-de-datos/13776-los-derechos-digitales-son-una-prolongacion-de-los-derechos-civiles-de-los-ciudadanos-pero-llevados-al-mundo-digital.html

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